Petróleo vuelve a cien dólares y reorganiza la estructura productiva global
El barril superó USD 100 por tensión en el Estrecho de Ormuz. El análisis liberal examina desalineamientos en cadenas de capital, inflación energética y disciplina de precios libres.
La agenda
El precio del petróleo volvió a superar la barrera de los USD 100 por barril en la jornada del lunes, impulsado por la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán en el Estrecho de Ormuz. Los mercados globales reaccionaron con volatilidad ante el riesgo de interrupción de un tercio del tráfico mundial de crudo, que atraviesa ese corredor estratégico del Golfo Pérsico.
El salto en las cotizaciones —el nivel más alto desde octubre de 2022— responde a nuevos ataques en la zona y a la amenaza iraní de bloquear el paso de petroleros en represalia por sanciones estadounidenses. Los contratos de Brent y WTI acumularon alzas pronunciadas en la sesión, arrastrando a los índices bursátiles y generando presión inmediata sobre los bonos del Tesoro, mientras los inversores buscaban refugio ante la perspectiva de un shock de oferta energética de magnitud histórica comparable a las crisis de los años setenta.
Para Argentina, el impacto es dual: por un lado, Vaca Muerta se beneficia de precios más altos para sus exportaciones de crudo; por otro, el país importa combustibles refinados y el encarecimiento del barril amenaza con reactivar presiones inflacionarias justo cuando el gobierno de Milei proyecta una desaceleración definitiva de los precios internos tras el ajuste fiscal.
El análisis liberal
Un shock de oferta energética es el test de estrés más revelador para cualquier estructura productiva. Mises en La acción humana explica que la coordinación intertemporal del capital depende de señales de precios que reflejen escasez real y preferencias temporales genuinas. Cuando el precio del petróleo salta de forma abrupta por factores geopolíticos, no es que el mundo haya decidido repentinamente consumir más energía ni que los yacimientos se hayan agotado de golpe: es que una interrupción abrupta de la oferta disponible obliga a reasignar un insumo crítico entre millones de usos que hasta ayer parecían sostenibles.
El mecanismo de mercado funciona así: el precio más alto envía simultáneamente dos señales. A los consumidores, que economicen: viajes cancelados, procesos industriales pospuestos, sustitución por fuentes alternativas cuando el margen lo permite. A los productores, que aumenten la extracción donde sea técnicamente posible: pozos marginales que no eran rentables con cotizaciones anteriores ahora lo son con precios elevados; inventarios estratégicos que se liberan; inversiones aceleradas en exploración. Hayek en El uso del conocimiento en la sociedad muestra que ningún planificador central puede replicar esa red descentralizada de ajustes: cada refinería, cada naviera, cada planta petroquímica posee información específica sobre sus márgenes, sus contratos y sus alternativas que solo ella conoce. El sistema de precios libres transmite la escasez sin necesidad de que nadie comprenda el cuadro completo.
Ahora bien, el shock de oferta también revela cuánta estructura de capital se construyó sobre supuestos que resultaron falsos. Knight en Riesgo, incertidumbre y beneficio distingue entre riesgo —eventos probabilizables contra los que uno puede asegurarse— e incertidumbre genuina —eventos imposibles de anticipar con distribución de probabilidad conocida—. Un bloqueo del Estrecho de Ormuz entra en la segunda categoría: no hay prima de seguro que cubra la reorganización súbita de cadenas logísticas globales. Las firmas que apostaron a petróleo barato para sostener márgenes ajustados ahora enfrentan pérdidas; las que diversificaron fuentes o mantuvieron inventarios holgados ganan ventaja competitiva. El mercado premia la prudencia y castiga la fragilidad, pero el castigo duele: quiebras, despidos, proyectos abandonados.
Mises también advierte en La acción humana que la inflación monetaria previa amplifica el daño de cualquier shock real. Si durante años los bancos centrales expandieron la oferta de dinero —como ocurrió tras la pandemia— muchas inversiones se financiaron con expectativas de costos energéticos subsidiados por tasas artificialmente bajas. Cuando el petróleo sube, esas inversiones no solo pierden rentabilidad por el costo del insumo: pierden acceso al crédito barato que las sostenía. El ajuste es doble, y la recesión, más profunda.
El caso argentino añade una capa adicional. Stigler en La teoría de la regulación económica muestra que los gobiernos suelen manipular precios domésticos de bienes estratégicos para capturar votos de coaliciones concentradas, aun cuando el costo difuso recaiga sobre el conjunto de los consumidores. Si el gobierno de Milei decide absorber parte del shock manteniendo congelados los precios internos de nafta o gasoil —ya sea subsidiando a las refinerías o bloqueando aumentos— estará desacoplando la señal de escasez global de la estructura productiva local. El resultado predecible: desabastecimiento, mercados negros, consumo excesivo de un bien que escasea en el mundo. La alternativa —dejar que los precios suban— es políticamente costosa pero económicamente honesta: obliga a cada actor a ajustar su demanda según el costo real del recurso.
Las lecturas rivales del hecho merecen enumerarse. Una interpretación keynesiana diría que el shock de oferta justifica intervención estatal para sostener la demanda agregada y evitar una recesión en cascada. Otra diría que los gobiernos deben coordinar liberaciones de reservas estratégicas para estabilizar precios artificialmente. Descarto la primera porque confunde síntoma con causa: la recesión no es por falta de gasto, sino por desalineamientos reales en la estructura de capital que solo el ajuste de precios puede corregir. Descarto la segunda porque las reservas estratégicas son finitas y usarlas para suprimir la señal de escasez solo pospone el ajuste inevitable mientras agota el colchón para emergencias mayores.
Una tercera lectura —estatista, proteccionista— argumentaría que eventos como este demuestran la necesidad de autosuficiencia energética forzada por decreto, cerrando importaciones y subsidiando producción local ineficiente. Hazlitt en La economía en una lección desmonta esa falacia: el arancel o el subsidio protege a los productores de energía domésticos a costa de encarecer el insumo para todos los demás sectores de la economía. El país termina con petróleo más caro que el de mercado internacional y con una industria manufacturera menos competitiva, perdiendo en ambos frentes.
Quién gana y quién pierde
Ganan, en el corto plazo, los productores de petróleo con capacidad instalada ociosa: las firmas estadounidenses de shale oil que pueden activar pozos marginales, los países del Golfo con reservas abundantes y costos de extracción bajísimos, y en Argentina, los operadores de Vaca Muerta que ven subir el precio de exportación sin que sus costos de producción hayan cambiado. Ganan también los especuladores que anticiparon el shock y compraron futuros de crudo a precios anteriores: realizan ganancias en días.
Pierden, de forma inmediata y concentrada, las industrias intensivas en energía con contratos de suministro a precio fijo que vencen ahora: aerolíneas, navieras, petroquímicas, productores de fertilizantes. Pierden los consumidores finales de todos los países importadores netos, que pagarán más por nafta, gasoil, plásticos, transporte y calefacción sin haber cambiado sus preferencias. Y pierden, de forma difusa pero masiva, los países emergentes con alta dependencia energética y poca capacidad de endeudamiento para financiar la brecha: cada dólar adicional por barril es un dólar menos de reservas, una presión más sobre el tipo de cambio y un empujón a la inflación doméstica.
Para Argentina, el saldo neto depende de la velocidad con que Vaca Muerta pueda exportar el excedente. Si el país logra colocar crudo en el mercado internacional antes de que el shock se revierta, gana divisas genuinas. Pero si el gobierno cede a la tentación de fijar precios internos por debajo del nivel internacional para contener la inflación política, el país desperdicia la oportunidad de capitalizar el shock y, peor aún, desincentiva la inversión futura en el sector energético justo cuando el mundo premia la capacidad de aumentar oferta. La prueba de fuego del liberalismo de Milei no es el discurso sobre mercados libres en tiempos normales, sino la resistencia a controlar precios cuando suben de golpe.
Los hechos, cifras y citas bibliográficas de esta columna fueron auditados afirmación por afirmación contra sus fuentes primarias declaradas en el texto, bajo supervisión y dirección editorial humana.