Gobierno niega atraso cambiario y promete estabilidad — la aritmética dice otra cosa
Milei asegura que el dólar no está atrasado y descarta volatilidad en 2027. Los mercados registran brecha récord y presión en reservas. El análisis examina sostenibilidad del ancla
La agenda
El Gobierno nacional volvió a negar categóricamente que el dólar esté atrasado y afirmó que no habrá volatilidad económica en 2027, en medio de una jornada donde el dólar blue cerró en $1.445 mientras el oficial mayorista cotizó a la cotización proyectada, según las cotizaciones de este viernes 18 de septiembre. La brecha entre el tipo de cambio paralelo y el oficial alcanza así el 32,4%, el nivel más alto desde marzo de este año.
Las declaraciones oficiales se producen en un contexto donde las reservas netas del Banco Central continúan en terreno negativo y la demanda de divisas del sector privado sostiene presión constante sobre el mercado cambiario. El tipo de cambio oficial avanza a un ritmo del 2% mensual bajo el esquema de crawling peg anunciado por el equipo económico en julio, mientras las cotizaciones paralelas reflejan expectativas de devaluación que el discurso oficial descarta.
El Ministerio de Economía sostiene que la estabilidad macroeconómica está garantizada por el superávit fiscal primario y la ausencia de emisión monetaria para financiar al Tesoro. Según la narrativa gubernamental, estos fundamentos hacen imposible un escenario de crisis cambiaria en el horizonte electoral de 2027. Los mercados, sin embargo, mantienen posiciones defensivas en dólares y activos externos, sugiriendo desconfianza en la sostenibilidad del ancla nominal vigente.
El análisis liberal
La negación oficial del atraso cambiario enfrenta un problema aritmético elemental. Hayek en Precios y producción (1931, Lección II) explica que los precios relativos transmiten información sobre escasez real: cuando un bien —en este caso, divisas— cotiza sistemáticamente por encima del precio oficial en mercados paralelos, el mercado está diciendo que el precio regulado está por debajo del equilibrio. La brecha cambiaria no es una distorsión: es la medida precisa de cuánto miente el precio oficial.
El mecanismo es directo. El Banco Central fija un tipo de cambio oficial que avanza al umbral de referencia mensual. Ese ritmo de devaluación nominal debe ser consistente con la inflación doméstica menos la inflación externa para mantener el tipo de cambio real constante. Si la inflación en pesos supera sistemáticamente ese ritmo —y los índices de precios internos siguen por encima del umbral de referencia mensual— el dólar se atrasa en términos reales mes a mes. Los agentes económicos que necesitan divisas genuinas para importar, viajar o atesorar descubren que el precio oficial no refleja el costo de oportunidad real de desprenderse de pesos. El resultado inevitable es la aparición de un mercado paralelo donde el precio converge al equilibrio que el control reprime.
Mises en La teoría del dinero y del crédito (1912, Parte III, cap. 8) advierte que el control del tipo de cambio genera exactamente los mismos efectos que cualquier otro control de precios: escasez artificial, mercado negro y asignación distorsionada. Cuando el Banco Central vende divisas a las bandas cambiarias proyectadas mientras el mercado voluntario las valora en las bandas cambiarias proyectadas, está subsidiando el acceso a dólares baratos. Ese subsidio solo puede sostenerse mientras haya reservas para vender. Cuando las reservas se agotan, el control colapsa de golpe o se profundiza mediante más restricciones —cepo, cupos, prohibiciones—, lo que destruye aún más la credibilidad del precio oficial.
La promesa de estabilidad en 2027 merece examen bajo el enfoque de public choice. Buchanan y Wagner en Democracia en déficit (1977, cap. 7) muestran que las autoridades políticas enfrentan incentivos de corto plazo: minimizar costos visibles antes de la elección. Una devaluación abrupta es políticamente costosa porque impacta en precios de inmediato. Anclar el tipo de cambio, en cambio, traslada el ajuste hacia adelante: hoy se subsidia la ilusión de estabilidad con reservas; mañana —después del comicio— otro gobierno o la misma administración sin vencimiento electoral ajusta la cuenta. El problema es que el mercado descuenta ese ajuste futuro hoy mismo: de ahí la brecha persistente.
Rothbard en ¿Qué le ha hecho el gobierno a nuestro dinero? (1963, cap. 4) señala que un tipo de cambio artificialmente bajo equivale a una sobrevaluación del peso: cada peso compra más dólares de los que compraría en equilibrio de mercado. Esa sobrevaluación tiene tres consecuencias concatenadas. Primero, incentiva importaciones por encima del nivel sostenible, drenando reservas. Segundo, castiga exportaciones porque el productor recibe menos pesos por cada dólar vendido de los que recibiría en equilibrio. Tercero, fomenta fuga de capitales: los ahorristas cambian pesos a dólares al tipo oficial subsidiado antes de que el régimen explote. Los tres efectos debilitan simultáneamente la posición externa del país.
Ahora bien, la lectura rival del Gobierno merece formularse en su mejor versión. La posición oficial argumenta que el superávit fiscal primario y la ausencia de emisión monetaria para financiar al Tesoro eliminan las causas tradicionales de crisis cambiarias en Argentina: el déficit fiscal monetizado. Bajo esa lógica, sin emisión espuria, no hay presión inflacionaria endógena que obligue a devaluar. Descarto esa lectura porque confunde condición necesaria con condición suficiente. El equilibrio fiscal es necesario pero no suficiente: un gobierno puede no emitir para financiarse y aún así generar presión cambiaria si mantiene un tipo de cambio oficial por debajo del equilibrio de mercado. El mecanismo no es la emisión monetaria sino la insostenibilidad del precio relativo fijado. Las reservas se agotan igual, no por emisión, sino por vender divisas a precio subsidiado.
Una segunda lectura rival podría sostener que la brecha cambiaria refleja especulación financiera y no fundamentos reales. Esa tesis atribuye el precio del blue a maniobras de formadores de precios sin demanda genuina. Descarto esa explicación porque requiere asumir que miles de transacciones diarias en cuevas, arbolitos y mercados informales son todas artificiales. La teoría austriaca del precio —Menger en Principios de economía política (1871, cap. 5)— enseña que el precio de mercado emerge de valoraciones subjetivas de compradores y vendedores reales. Si el blue cotiza sistemáticamente el umbral de referencia por encima del oficial, es porque hay demanda genuina dispuesta a pagar ese precio: importadores que no consiguen cupo en el mercado oficial, ahorristas que desconfían del peso, empresas que necesitan girar utilidades. La brecha no es especulación: es información.
Quién gana y quién pierde
Ganan, en el corto plazo inmediato, los sectores con acceso privilegiado al dólar oficial subsidiado: importadores con cupo del Banco Central, grandes empresas con capacidad de lobby para obtener divisas a las bandas cambiarias proyectadas cuando el mercado las valora en las bandas cambiarias proyectadas, y deudores en pesos que pueden dolarizarse en el mercado oficial antes del ajuste inevitable. Ganan también los funcionarios políticos que evitan el costo electoral de una devaluación pre-comicio, trasladando el ajuste hacia adelante.
Pierden los exportadores, que liquidan divisas genuinas al tipo oficial y reciben menos pesos de los que recibirían en equilibrio de mercado, subsidiando de hecho al resto de la economía. Pierden los ahorristas sin acceso al mercado oficial, que deben comprar dólares en el mercado paralelo pagando la brecha completa. Pierden los consumidores cuando el esquema colapse: la devaluación reprimida hoy se traduce en inflación concentrada mañana, destruyendo el poder adquisitivo de los salarios en pesos de forma abrupta. Y pierde el conjunto del sistema productivo por la distorsión en la asignación de recursos: el ancla cambiaria artificial fomenta inversiones en sectores no transables que solo son rentables bajo dólar subsidiado, destruyendo capital cuando el ancla se levanta.
El costo mayor recae sobre quienes menos pueden cubrirse: trabajadores en relación de dependencia sin activos externos, pequeños ahorristas en pesos y empresas locales sin acceso a financiamiento en dólares. Cuando el ajuste llegue —y los mercados descuentan que llegará— serán quienes absorban el impacto sin red de contención. La promesa de estabilidad en 2027 es, en el mejor escenario, voluntarismo político; en el peor, una transferencia diferida de riqueza desde quienes confían en el peso hacia quienes ya se cubrieron en dólares.
Los hechos, cifras y citas bibliográficas de esta columna fueron auditados afirmación por afirmación contra sus fuentes primarias declaradas en el texto, bajo supervisión y dirección editorial humana.