El riesgo país escala a 630 puntos y encarece el crédito del Estado
El índice de JP Morgan se acerca a niveles críticos. El análisis liberal distingue entre riesgo calculable e incertidumbre genuina, y cita quién paga la prima
La agenda
El riesgo país argentino se ubica cerca de los 630 puntos básicos, según reportó Ámbito, que en su análisis contempla escenarios de suba adicional hacia la zona de los 640 puntos si persisten las tensiones actuales. El indicador, calculado por JP Morgan a partir del EMBI (Emerging Markets Bond Index), mide el diferencial de tasa que exige el mercado para prestarle a la Argentina por encima de lo que exige a Estados Unidos, considerado el emisor de referencia sin riesgo de default.
Minuto Uno detalla los factores que empujan al índice: la volatilidad del mercado cambiario, la percepción sobre la sostenibilidad fiscal del programa económico y el contexto financiero internacional, con la política de tasas de la Reserva Federal estadounidense como variable de fondo que afecta a todos los mercados emergentes por igual. La suba tiene consecuencia directa: cuanto más alto el índice, más caro —o directamente imposible— resulta para el Tesoro argentino financiarse en el mercado voluntario de deuda, y más se traslada esa dificultad hacia el resto de la curva de tasas doméstica.
El análisis liberal
El riesgo país es, antes que nada, un intento de traducir en un número algo que la teoría económica distingue con precisión y que el mercado suele confundir. Knight, en Riesgo, incertidumbre y beneficio (1921, Parte III, cap. VII), separa el riesgo probabilizable —eventos con distribución de probabilidad conocida, asegurables— de la incertidumbre genuina, que no admite ese cálculo porque depende de decisiones humanas futuras no determinadas. El EMBI se presenta como una medida de riesgo, con la precisión aparente de un número de tres cifras, pero lo que realmente captura en el caso argentino es incertidumbre en sentido knightiano: la posibilidad de que el Estado decida no pagar, o de que las condiciones para pagar cambien por decisión política antes del vencimiento. Ningún modelo actuarial resuelve esa clase de pregunta; el mercado la aproxima con memoria de incumplimientos pasados, no con estadística.
Esa memoria no es caprichosa. Buchanan, en Principios de deuda pública (1958), muestra que la deuda pública traslada la carga fiscal en el tiempo: quien la contrae hoy no es necesariamente quien la paga después. Cuando el mercado observa una historia repetida de refinanciaciones, reestructuraciones y emisión monetaria para cubrir default doméstico, no está juzgando un balance contable de un ejercicio: está juzgando la credibilidad del compromiso intertemporal del Estado como tal, más allá de qué gestión ocupe el cargo. El riesgo país alto no es, entonces, una anomalía del mes: es la valuación acumulada de esa historia de incumplimiento del pacto entre el fisco y sus acreedores.
Buchanan y Wagner, en Democracia en déficit (1977), agregan la pieza de Public Choice que explica por qué esa historia se repite: el déficit fiscal no es un error técnico que un mejor equipo económico corrige, sino el resultado esperable de una estructura de incentivos donde los beneficios del gasto son concentrados y visibles en el corto plazo político, mientras los costos —inflación, deuda, prima de riesgo— se diluyen en el tiempo y sobre contribuyentes que todavía no votan o no conectan la causa con el efecto. El mercado de bonos, a diferencia del votante marginal, sí hace esa conexión, y la cobra por adelantado en la tasa.
Aquí austriacos y Chicago divergen en el diagnóstico del mecanismo, aunque coincidan en el síntoma. Para la tradición austriaca, Mises en La acción humana (1949, cap. XX) sostiene que la expansión artificial de crédito y la manipulación de la tasa de interés distorsionan la estructura de producción y terminan, tarde o temprano, en una corrección que el mercado anticipa antes de que ocurra: el riesgo país sube porque los agentes descuentan esa corrección futura, no solo el estado presente de las cuentas públicas. Para la tradición de Chicago, Friedman, en El rol de la política monetaria (1968), pone el énfasis en la regla: lo que erosiona la confianza no es la existencia de dinero o crédito per se, sino la discrecionalidad de una autoridad monetaria que no se atiene a una regla predecible de expansión, lo cual introduce ruido que el mercado traduce en prima de riesgo. Ambas escuelas coinciden en que la variable de ajuste no es la voluntad del gobierno de turno sino la coherencia temporal de sus reglas; divergen en si el problema central es la cantidad de crédito o la falta de una regla monetaria estable.
Las lecturas rivales del hecho merecen enumerarse antes de zanjar cuál pesa más. Una primera lectura atribuye la suba enteramente a factores externos: la política de tasas de la Reserva Federal y el humor general hacia mercados emergentes, tal como señala Minuto Uno. Una segunda lectura la atribuye a la volatilidad cambiaria puntual del período. Una tercera, a la sostenibilidad fiscal de mediano plazo. Descarto que el factor externo sea la causa dominante porque, de serlo, el movimiento debería ser proporcional al de otros emergentes comparables, y la nota de agenda no ofrece ese contraste; lo más que puede afirmarse con lo verificado es que opera como viento de cola, no como causa. Descarto también que la volatilidad cambiaria sea la variable independiente: el tipo de cambio es, en el marco de Knight y Buchanan aplicado arriba, otra variable dependiente de la misma incertidumbre sobre la trayectoria fiscal. Queda la tercera lectura, la de sostenibilidad, como la que mejor explica por qué el mercado exige una prima que ninguna corrección cambiaria de corto plazo alcanza a bajar de manera sostenida.
Predicción
Si el riesgo país no muestra una tendencia sostenida a la baja en los próximos meses, el Tesoro argentino seguirá sin acceso genuino al mercado voluntario de deuda en dólares a tasas comparables con la región. Métrica de verificación: valor del índice EMBI de JP Morgan para Argentina publicado por JP Morgan o replicado por Ámbito o Rava Bursátil al 29 de diciembre de 2026.
Quién gana y quién pierde
En el corto plazo, gana quien ya tiene posiciones en pesos con tasa fija o en instrumentos dolarizados que se benefician de la búsqueda de cobertura: la suba del riesgo país empuja capital hacia activos que rinden más prec
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