El salto mayorista por el petróleo pone a prueba la respuesta del Banco Central
El IPIM trepó 3,2% en septiembre por el petróleo. El análisis liberal distingue shock de precios relativos de inflación monetaria convalidada
La agenda
El Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) saltó al 3,2% en septiembre, quebrando el umbral del 3% mensual que el dato no alcanzaba en los meses previos, de acuerdo con la cobertura de Ámbito. El salto se explica, según la misma nota, por una nueva escalada en el precio internacional del petróleo, que impactó directamente sobre los costos de insumos energéticos y combustibles que integran la canasta mayorista.
El IPIM mide los precios que reciben los productores y mayoristas antes de que la mercadería llegue al mostrador; por eso se lo sigue de cerca como anticipo de lo que vendrá en el índice minorista de los meses siguientes. Un combustible más caro no se queda en el surtidor: encarece el flete, la logística, el transporte de insumos y, con rezago, buena parte de los bienes transables de la economía. La nota de agenda no precisa, sin embargo, si el salto de septiembre responde a un evento puntual y no recurrente del mercado internacional de crudo o si se trata del inicio de una tendencia sostenida, dato que solo la serie de los próximos meses podrá despejar.
El análisis liberal
El primer paso de cualquier análisis riguroso es distinguir dos fenómenos que el lenguaje cotidiano confunde bajo la misma palabra, “inflación”: un cambio en los precios relativos y un cambio sostenido en el nivel general de precios. Mises, en La acción humana (1949, cap. XVII), separa con precisión las variaciones en el poder adquisitivo del dinero —de origen monetario— de las fluctuaciones de precios que responden a cambios reales en la oferta o la demanda de bienes específicos. Un petróleo más caro en los mercados internacionales es, en principio, lo segundo: una señal genuina de escasez relativa que la economía doméstica no puede evitar, solo transmitir.
La tradición austríaca también advierte sobre el riesgo de confundir el síntoma con la enfermedad. Un shock de oferta como el del petróleo puede filtrarse hacia el resto de los precios, pero eso no lo convierte automáticamente en un fenómeno monetario: la pregunta relevante es si la autoridad monetaria convalida ese shock con expansión de la cantidad de dinero o si permite que el ajuste de precios relativos se procese y se agote por sí solo. Ahí es donde se juega la verdadera responsabilidad del Banco Central: no en evitar que el petróleo suba, algo que escapa a su control, sino en no transformar un shock transitorio en una espiral de precios generalizada y persistente.
Quién gana y quién pierde
Los sectores intensivos en energía y transporte —logística, agroindustria, industria manufacturera con alto componente importado de insumos— son los primeros en sentir el encarecimiento de costos, y buena parte de ese impacto tiende a trasladarse, con rezago, a los precios minoristas que paga el consumidor final. Los productores de energía y quienes tienen ingresos dolarizados o indexados a componentes internacionales pueden, en cambio, verse relativamente beneficiados por la suba.
El resultado final de este episodio dependerá menos del propio precio del petróleo que de la respuesta de política monetaria: si el Banco Central absorbe el shock sin convalidarlo con emisión, el costo quedará acotado a quienes operan en los sectores más expuestos a la energía; si en cambio acomoda la suba con más pesos en la calle, el ajuste de precios relativos corre el riesgo de licuarse en una suba generalizada que termina golpeando, como siempre, a quienes menos capacidad tienen de proteger sus ingresos frente a la pérdida de poder adquisitivo de la moneda.
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