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Análisis liberal y contraste de la agenda nacional
Economía · analisis

Siete semanas de alimentos en alza desafían el relato de la calma

Los precios de los alimentos acumulan siete semanas de subas consecutivas. El análisis liberal explica por qué la persistencia es la señal, no el ruido

Por Milton Funes · 23 de octubre de 2026 Auditada contra fuentes primarias
Mientras el gráfico sube escalón por escalón, el relato insiste en bajar la voz.
Mientras el gráfico sube escalón por escalón, el relato insiste en bajar la voz.

La agenda

Los alimentos acumulan siete semanas consecutivas de aumentos, según el relevamiento difundido por Perfil, una secuencia que empieza a trasladarse con peso propio a la medición mensual de inflación. La nota advierte que esta racha no es un episodio aislado, sino un patrón sostenido que empieza a horadar la narrativa oficial de desaceleración y calma en los precios.

El análisis liberal

Cuando una suba de precios deja de ser un evento puntual para convertirse en una sucesión de semanas consecutivas, el fenómeno cambia de naturaleza. Ya no se trata de un shock transitorio en algún eslabón de la cadena de producción o distribución, sino de un síntoma de que las condiciones monetarias y las expectativas de los agentes económicos siguen sin anclarse. La persistencia es, en sí misma, la señal más relevante: los precios no suben porque sí, suben porque reflejan información sobre la cantidad de dinero en circulación, los costos de reposición y la confianza —o la falta de ella— en que el poder adquisitivo de la moneda se mantendrá estable.

Desde una perspectiva liberal, insistir en que se trata de “ruido estadístico” o de factores estacionales aislados es una forma de eludir el diagnóstico de fondo. Los alimentos, por su peso en la canasta básica y por la frecuencia con que se transan, funcionan como un termómetro rápido de las expectativas inflacionarias. Cuando ese termómetro marca siete semanas seguidas en alza, lo que está mostrando es que el proceso de desinflación, si existe, todavía no logró consolidarse de manera creíble para quienes fijan precios día a día. La calma discursiva choca con la evidencia empírica, y en economía, cuando el relato y los datos se contradicen de forma sostenida, conviene confiar en los datos.

Quién gana y quién pierde

Pierden, en primer lugar, los hogares de menores ingresos, para quienes los alimentos representan una porción mucho mayor del gasto total y que no cuentan con margen para recomponer poder adquisitivo frente a subas persistentes. Pierde también la credibilidad de cualquier estrategia de desinflación que se apoye más en el anuncio que en el ordenamiento de las variables de fondo.

Gana, en cambio, quien pueda anticipar el fenómeno y ajustar su comportamiento: desde quienes diversifican sus ahorros hacia activos que preservan valor, hasta los sectores de la cadena agroalimentaria con capacidad de trasladar costos sin perder participación de mercado. La lección de fondo, una vez más, es que la estabilidad de precios no se decreta: se construye con reglas monetarias y fiscales consistentes, sostenidas en el tiempo, y no con la expectativa de que la persistencia de los datos simplemente deje de incomodar al relato oficial.

Metodología y verificación

Los hechos, cifras y citas bibliográficas de esta columna fueron auditados afirmación por afirmación contra sus fuentes primarias declaradas en el texto, bajo supervisión y dirección editorial humana.